Os encontráis a veces en situaciones donde sólo podéis exclamar: “¡Socorro, Señor, no puedo con esto!”…? Eruditos teólogos y experimentados consejeros nos enseñan que desde Génesis 3 llevamos dentro una terrible tendencia a la autonomía, a apañárnoslas sin Dios. Y que esta pecaminosa filosofía de vida es una de las mayores fuentes de problemas - a parte de suscitar la tristeza o incluso la ira de Dios -, por lo cual Dios trata una y otra vez con este tema en la vida de los suyos. ¿Cómo? Por ejemplo haciéndonos pasar por experiencias que nos obligan a abandonar totalmente nuestra esperanza de control (¡y de seguridad!) - y a no poder hacer otra cosa que aferrarnos a ÉL como un náufrago (que ya no puede contar con lo que normalmente le llevaba a través de las olas…), teniendo como única esperanza el saber que ¡DIOS es más poderoso que el estruendo de los mares y que ÉL pone límite a las olas desatadas (Sal.65:7; 89:9; 93:4; 104:6-9 son pasajes preciosos sobre esto)! Llevamos tan dentro el deseo de “ver la esperanza” - ver que sí, que vamos a poder, que todo saldrá bien, que no nos vamos a hundir… - que nos resulta muy angustiador ver acercarse una ola gigantesca como la del sunami, amenazando con tragarnos vivos, y sentir que nuestro poder de resistir es ridículo en comparación con lo que haría falta para manejar la situación… Pero es entonces cuando aprendemos a dejarlo todo completamente en las manos de Dios (cf. 2 Co.1:8-10), que es el Todopoderoso y nuestro buen Padre celestial, y que ha venido en Su Hijo, “Emanuel”, para estar con nosotros para siempre. A la hora de ayudar a hermanos afligidos, tengamos en cuenta que tal vez UNA de las cosas que el Señor les quiere enseñar es esto: una mayor dependencia de Él, de sus caminos y de sus cuidados.
Un día, mientras estaba contemplando el va-y-ven infinito de las olas en una pequeña bahía del mar mediterráneo, Dios me “habló” sobre mi vida y nuestra vida en general… El poema adjunto refleja estas reflexiones.
Sigrid Py


